viernes, 2 de febrero de 2018

¡QUÉ DEPREDADORES ESOS FENICIOS!

Clara Riveros Sosa

Parece que desde su aparición sobre este planeta, nosotros, los seres humanos, hemos estado casi todo
el tiempo agrediéndonos unos a otros y atacando también al mundo que nos sustenta. Es que, en definitiva, las dos acciones son la misma cosa o producen los mismos resultados. Bien lo sabían los antiguos romanos que, para asegurarse de que los derrotados cartagineses, sus rivales, no se recuperasen algún día, se ocuparon de esterilizarles sus campos sembrándolos de sal.
Los hunos sembraron el terror en Europa y la saquearon; en tanto los vikingos la asolaron llegando desde el mar; luego las Cruzadas hacia el cercano Oriente fueron devastadoras. Y sólo mencionamos algunos de los episodios bélicos medievales (o de poco antes, como en el caso de los hunos) más grandes y conocidos de todos en nuestra cultura, pero ningún lugar de la Tierra parece haber quedado exento de atrocidades similares. Si vamos aun más atrás en el tiempo, encontramos que todas las conquistas e invasiones antiguas estuvieron signadas- no podría ser de otra manera- por el horror y la aniquilación. Y no fue algo distinto lo que ocurrió en la era moderna y luego en la contemporánea, pródigas en exterminios y destrucciones que, con variados escenarios y protagonistas, siguieron la práctica de las masacres y de la destrucción de culturas con el agravante de contar cada vez con tecnologías más complejas que vuelven más rápida y “eficiente” la depredación sobre los seres humanos y sobre todo cuanto constituye el ambiente.
A pesar de que en demasiados países los humanos continúan arremetiendo contra sus semejantes y contra el medio en que éstos se encuentran (y lo llevan a cabo con aterrador entusiasmo), hoy nos gusta señalar con el dedo y condenar admonitoriamente esas acciones (genocidios y ecocidios) como si ya no sucedieran más, como si nuestra especie ya hubiese logrado superar esa etapa de crueldad y como si tampoco se estuvieran desarrollando en nuestro entorno más inmediato.
Nada más lejos de quien esto escribe – ni remotamente- el justificar guerras y exterminios por entenderlos como propios de la condición humana. Jamás. Se trata, sí, de impulsar a que nos miremos
colectivamente en el espejo de la historia y de los sucesos más recientes, y de recordar que –tal como lo hacemos con quienes nos antecedieron- así seremos también enjuiciados, del mismo o probablemente de peor modo, por las generaciones más jóvenes, en razón de los graves actos y omisiones que cometemos actualmente y que nos negamos hasta a considerar, y menos todavía a iniciar acerca de ellos una mínima reflexión que nos condujera a reconocer que venimos dejando una huella enorme y poderosamente negativa. Es seguro que, poco más adelante, la sentencia que enfrentaremos será muchísimo más dura desde el momento en que, en los tiempos que corren, no podremos alegar ignorancia: tenemos a nuestro alcance muchos medios para acceder a un amplísimo universo de información y contamos con las herramientas de comunicación más sofisticadas. Ya no somos los “bárbaros” que cometían ciegamente sus desmanes. Si ahora somos ciegos es por decisión propia. Las ciencias y los elementos tecnológicos nos permiten calcular hasta las consecuencias futuras de nuestros proyectos con una notable aproximación. Además, en todo el mundo están plenamente a la vista los resultados de la degradación sistemática de que hacemos objeto al planeta y a sus habitantes, y las consecuencias ya están cayendo sobre nuestras cabezas. Basta abrir los ojos.
No podemos mantener la actitud del adolescente que censura agriamente a sus padres pero, a la larga, cae en los mismos errores que fustiga. El maltrato –cuando no la agresión- que se le brinda a la gente, la desatención de sus necesidades más básicas, y la falta de respeto a su dignidad, acaban por configurar la caótica e inequitativa sociedad en que, no de casualidad, nos toca vivir. En igual medida, las tropelías que se consuman contra el ambiente dan lugar a la contaminación en que vivimos inmersos, a la decadencia o desaparición de los recursos elementales para la vida, y a las pérdidas en salud, a la vez que se constituyen en determinantes de los conflictos sociales, y en sus agravantes, además.
Hablábamos de mirarnos en la historia. Aunque son una referencia casi ineludible de tan conocidos y paradigmáticos, parece oportuno traer una vez más a colación ciertos casos de entre tantos que abundan.
Desde la remota antigüedad nos llegan referencias de los fenicios, asentados en lo que hoy es el Líbano. De prósperos comerciantes que navegaban todos los mares conocidos y hasta se aventuraban más allá, de inteligentes hombres de negocios que desarrollaron y difundieron el sistema de escritura que aun usamos y que establecieron colonias alejadas de su país, pasaron a borrarse por completo de la historia debido al manejo ávido y desatinado de los recursos de que disponían. Se sabe que, principalmente, consumaron una intensa deforestación para usar o vender la sumamente apreciada madera de sus famosos cedros que crecían en la zona donde nacen sus ríos. Los suelos, libres de la cobertura vegetal que los contenía, se erosionaron, se deslizaron hacia los cursos de agua y éstos colmaron de sedimentos las desembocaduras, justo donde se alzaban los florecientes puertos de los que dependía la vida fenicia y que terminaron inutilizados. Más ejemplos, sobran.
Bastante cercano en el tiempo, ya en pleno siglo XX, tenemos el Mar Aral, cuyos avatares, junto al ejemplo de Fenicia, nos proveen de hechos concretos que se han convertido en ilustraciones clásicas para una lección de ecología. Aunque repetidos, creemos que no está de más refrescarlos cada tanto, así que pasamos a reproducir párrafos de un texto que publicáramos en estas mismas páginas hace unos años.
El mar Aral fue en otros tiempos el cuarto entre los más grandes lagos de todo el planeta. Situado en el Asia Central, hoy está repartido entre dos países independientes que formaron parte de la antigua Unión Soviética: Kazajstán, de superficie similar a la de la Argentina, y Uzbekistán, con algo menos de la mitad de esa extensión. Es, junto con el mar Caspio y otros cuerpos lacustres, parte residual de un inmenso mar interior que existió en otras eras geológicas y que al parecer estaría destinado a desaparecer despaciosamente en un futuro bastante lejano para la medida humana. Si hubiese sido por su evolución normal todavía quedaría mar Aral por milenios quizás, pero…allí entró a tallar, hace alrededor de medio siglo, un proyecto gigantesco.
La entonces Unión Soviética se propuso desarrollar esa región desértica y poco hospitalaria por medio de la agricultura. Con ese fin se construyeron canales de regadío a partir de dos ríos que constituían la alimentación imprescindible del lago; un tercero y muy importante fue desviado y se construyó un canal de comunicación entre el Aral y el mar Caspio. Esa región es árida, sufre inviernos sumamente fríos, veranos tórridos, y ambas estaciones son extremadamente secas. Sus habitantes fueron nómades y aun hay quienes continúan esa vida de traslados permanentes en busca de pasturas para su ganado. En las orillas del mar se ubicaban activas aldeas de pescadores, con sus puertos y embarcaciones, pero las obras de aprovechamiento del agua le restringieron aportes a un lago que ya naturalmente era de escasa profundidad y sometido a una evaporación intensa y a lluvias mezquinas.
Luego de unas cuantas cosechas buenas, el suelo comenzó a salinizarse al extremo (las sales se concentran debido a la evaporación del agua), el espejo de agua comenzó a retroceder a considerable velocidad y, al achicarse, incrementó aun más una salinización superior a la que podían soportar los peces del Aral, que eran propios de aguas con una proporción de sal muchísimo menor.
La pesca proveía la dieta básica de los pobladores costeros cuyos padres y abuelos solían extraer unas 44.000 toneladas anuales, lo que la convertía también en buen negocio. Perdieron alimento y medios de vida, mientras que la orilla del mar se les alejaba –y sigue alejándose- cada vez más, hasta quedar a muchos kilómetros de ellos. La poca agua dulce con que cuentan se halla contaminada con los abundantes agroquímicos usados en esa devastadora experiencia. Mientras, las habituales tormentas del desierto levantan la arena salada y polucionada y la desparraman inutilizando también campos distantes. Los funcionarios sólo miran, paralizados, la catástrofe.
Por supuesto, cuando se presentaron los planes, nadie manifestó su disconformidad: no sólo hubiera sido imprudente dentro del país, sino que hasta a los propios enemigos de la entonces Unión Soviética les habría parecido un sacrilegio poner objeciones a una monumental empresa que, según se
esperaba, produciría un fantástico desarrollo en una zona desfavorecida, daría de comer a tanta gente y que admiraban aunque muy disimuladamente. Sin “palos en la rueda” y sin ambientalistas molestos que provocaran siquiera una reflexión crítica, se siguió adelante y hoy la calamidad se halla instalada y carece de vías de retorno. Pero todavía hay más: al obtener Kazajstán y Uzbekistán su independencia de la URSS en 1991, quedaron también en posesión de una manzana envenenada: una isla en medio del Aral con un abandonado laboratorio, otrora importantísimo centro de investigación y desarrollo de armas biológicas y desconocidas sustancias tóxicas que permanecieron arrumbadas en el lugar.
Asistimos así a la realización de grandiosos proyectos que matan íntegramente la vida, a procesos de la ciencia que conducen a la muerte, a obras humanas que dejan una huella de la que, paradójicamente, lo único durable es su cualidad letal. Pero aquí, en éste, nuestro rincón del mundo, también se dan intoxicaciones con agroquímicos, monocultivos arrasadores, campesinos expulsados, y no tenemos un mar pero sí lagunas y ríos que no cuidamos y campesinos pobres que debieron migrar a las ciudades y que son, en definitiva, exiliados ambientales. Y si no hay desiertos, es cuestión de esperar un poco: no costará mucho conseguirlos.
Si creíamos que el mar Aral estaba muy, muy lejos, está visto que, como decía mi abuela: el mundo es un pañuelito. Además, el término “fenicios” hoy se aplica a cuantos buscan sola y ávidamente el lucro por encima de cualquier otra consideración. Claro, siempre resulta cómodo ver la paja en el ojo ajeno y si se trata de culpar a gente de un remoto pasado, mucho mejor.
Estas consideraciones nos acompañan aun más intensamente en un 2 de febrero, Día Internacional de los Humedales, a la vez fecha fundacional de la ciudad de Resistencia, coincidencia que siempre nos complace destacar, ya que estamos situados sobre un humedal que tendemos a ignorar como a un invisible fantasma; en medio de un ecosistema rico en agua dulce y por ello envidiable y mundialmente codiciado; un ecosistema pleno de biodiversidad excepcional porque contiene la base de la vida, pero que, sin embargo, no vacilamos en reducir y corromper con los pretextos más variados y aparentemente más bienintencionados (como el modelo productivista que llevó a la evaporación del mar Aral), con la marcada diferencia de que hoy traemos a cuestas una mochila rebosante de experiencias sabidas, analizadas, reconocidas, indiscutibles, y sobre todo, inocultables. Y lo que vale para todos nuestros ríos, riachos y lagunas, cuenta para los bosques que los acompañan y para los que en el oeste del Chaco subsisten pese a la deforestación, flagelo infinitamente más amenazador para los árboles -y para la gente- que el duro clima que sobrellevan desde hace miles de años y cuya cobertura verde nos ha estado ayudando a soportar y estabilizar.

¡Cuidemos nuestros humedales!
Irupé (Victoria cruziana)

Jacana (Jacana jacana)

Macá Pico Grueso (Podilymbus podiceps)

Laguna en La Leonesa, Chaco.

Irupé (Victoria cruziana)

Río Guaycurú, actualmente crecido (02/02/18)

jueves, 5 de octubre de 2017

                           Día Nacional del Ave
   5 de octubre de 2017                                                                                     Clara Riveros Sosa
Transcurre una jornada de celebración: hoy es el Día Nacional del Ave, consagrado a exponer públicamente la importancia – bastante ignorada , oculta o poco considerada-  de la existencia de nuestra fauna, y en esta ocasión particularmente, de la fauna alada. La necesidad de conservarla y preservarla, que como veremos es fundamental, implica involucrarse en planes y acciones concretas y eficaces  en defensa de las  especies autóctonas, en difundir esta temática y en educar en  esa conciencia a las generaciones más jóvenes porque esos cuidados ambientales determinarán su propio futuro.
Algunos pueden encontrar un tanto extrema la afirmación anterior, pero entendemos que no lo es en absoluto. Ocurre que en la naturaleza todo se encuentra en conexión, y, así, por sólo dar un ejemplo de tales vínculos, recordemos que la conservación de ciertas especies depende, de manera indisociable, de la conservación en salud de los ecosistemas que les son propios. A su vez, la sanidad de un ecosistema determina la integridad de los suelos, de los bosques, de la vegetación en general, la atenuación de los fenómenos meteorológicos, la preservación del agua dulce (en acuíferos subterráneos, espejos y cursos fluyentes) y la buena calidad del aire. Estos beneficios recaen sobre el conjunto de seres vivos del planeta en el que estamos incluidos. A lo enunciado debemos sumarle la productividad de los ecosistemas saludables, imprescindible para la economía de las poblaciones humanas.
En una palabra: no podemos desmerecer a ninguna especie nativa. Entonces: bienvenida a mi jardín y a la huerta  la diminuta ratona o tacuarita -Troglodytes aedon para la ciencia-, que devora pulgones y otros bichitos indeseables mientras recorre infatigable todos los rincones, nos alegra la vista y desgrana a cada rato sus frases melodiosas de un volumen desmesurado para su cuerpito.  En buena hora la presencia de rapaces, en el campo y en los baldíos de la ciudad, ejerciendo su control sobre roedores, reptiles e insectos grandes, mientras que las carroñeras cumplen su eficaz tarea de recolectoras y recicladoras de residuos ad honorem.  Apenas unos botones de muestra, porque, de este modo o de otros muy diferentes, una por una, cada ave cumple un rol esencial, sólo que, con frecuencia, ese papel se desconoce hasta el momento mismo en que disminuye o se extingue y allí se comienzan a observar las consecuencias infortunadas de este hecho.
Rememoramos a unos biólogos que opinaban que, si desaparecieran las aves, éste sería ¡un mundo dominado por  los insectos! De película de terror.   
En este día no sólo homenajeamos a las aves, también saludamos a ornitólogos y observadores de aves aficionados, involucrados en investigaciones científicas y en estrategias de conservación, además de  practicar la inmersión en el placer que representa (visual, auditiva y emocionalmente) el encuentro con esos seres tan especiales. Son las aves quienes fascinaron con sus cualidades y capacidades a todas las civilizaciones pasadas y presentes, haciendo disparar la imaginación, dando pie a mitos y leyendas y logrando que se las tratara con respeto.  
Desde cuándo se celebra el Día del Ave en la Argentina, un país con más de 1100 especies de aves
Entre abril y julio de 1928 el diario La Razón, de Buenos Aires, tuvo la feliz iniciativa de efectuar una encuesta entre miles de niños escolares para que eligieran el Ave de la Patria. Entre varios candidatos el hornero fue el finalista consagrado. Siempre cosechó muchas simpatías debido a su carácter, su particular nido hábilmente construido y su alegre voz.
En esos tiempos la institución que hoy se conoce como Aves Argentinas y que  se denominaba Asociación Ornitológica del Plata (fundada en 1916), en ese mismo año de 1928 decidió instituir al 5 de octubre como Día Nacional del Ave.
Se da la coincidencia de que ayer, como cada 4 de octubre, se conmemora en el mundo a San Francisco de Asís, que para la Iglesia Católica es el santo patrono de la ecología, un santo que goza de inusitado consenso sobre sus virtudes entre gente de diferentes religiones y entre quienes no profesan ninguna, un enamorado de la naturaleza que, según la tradición, se comunicaba con los pájaros.

Foto: "Aves de humedal"- Bajos del Tacuarí, Humedales Chaco. Autor: Patricio Cowper Coles

lunes, 5 de junio de 2017

EN EL DÍA MUNDIAL DEL AMBIENTE

Clara Riveros Sosa


Nuevamente se acerca el Día Mundial del Ambiente, una fecha en la que debiéramos celebrar la belleza, lo interesante y maravilloso de este planeta singular (en buena parte más desconocido de lo que se supone) y admirar las características y condiciones que lo conforman -su ambiente-, tan acogedoras, confortables para la vida y con un abanico de diversidad riquísima, multiforme e igualmente también, en gran medida, todavía ignorada. Pese a nuestras ansias de transitar esta jornada (y todos los días venideros) con ánimo esperanzado, este 2017 es otro año más en que no vemos – ni siquiera avizoramos- ningún acontecimiento importante para celebrar, apenas logros menudos, pero sí, en cambio, infinidad de problemas para abordar, debatir y, sobre todo, para encontrarles y exigir muy urgentes vías de solución, ya que se trata de conflictos que nos envuelven a todos sin excepción -hasta a quienes imaginan hallarse al margen- y que reducen drásticamente la calidad de vida tanto como ensombrecen las perspectivas tendidas hacia el futuro.
Tenemos ante nosotros muchísimo material para la reflexión con el fin de que las soluciones que se apliquen no resulten improvisadas, o meros experimentos de esos que con lamentable frecuencia empeoran lo que pretendían enmendar. Como siempre también, la mayoría de los pronunciamientos de tono ambientalista emitidos por gobiernos, organismos internacionales y empresas, resultan puramente declarativos y la realidad concreta nos muestra un paisaje demasiado diferente.
Contemplar el camino recorrido durante aproximadamente medio siglo permite apreciar la expansión de la conciencia ambiental en la mayor parte de la humanidad, así como también el positivo crecimiento en espacio y en calidad de la información sobre las cuestiones que le atañen.
No obstante esa mayoría, existen sectores, minoritarios quizás, pero que concentran el mayor poder (políticos, dirigentes y lobbies empresarios) que ven al cuidado ambiental como a una amenaza directa a sus intereses, se oponen férreamente a abandonar sus prácticas destructivas y, en pos del lucro exacerbado, insisten en ellas con ánimo suicida, a la vez que atacan y desacreditan por todos los medios a quienes se les oponen.
Como decíamos: no es un ánimo de fiesta lo que prima en estos tiempos sino, antes bien, una honda preocupación y una actitud vigilante y activa de mucha, muchísima gente, que ya no se resigna a permanecer como mera observadora de la codiciosa destrucción que se le aplica a éste, su hogar en el universo, sino cada vez más movilizada, dispuesta a reunirse con sus pares en organizaciones civiles y a tomar protagonismo frente a una crisis ambiental y global que sólo roza a veces, y muy levemente, los discursos de quienes ejercen el poder pero no se hacen cargo de sus responsabilidades –salvo rarísimas excepciones- en una materia tan decisiva como es la cuestión de la supervivencia humana y de la conservación y protección de los otros seres vivos y del ambiente en el que todos interactuamos y en el cual nuestra especie no tendrá futuro sin esos “demás” con los que se halla infinita y más entrañablemente interconectada y dependiente de lo que es capaz de reconocer.
Nuestra felicidad y energía brotan, por supuesto que no de tantos hechos que nos abruman, sino de la gratísima sinergia con nuestros pares, de aquí y de todo el planeta, dispuestos a perseverar juntos en la defensa de la casa en común que habitamos en el Universo y de los maravillosos dones que ella cobija.

Ejemplar de hornero (Furnarius rufus) junto a su característico nido. Foto: Silvia Enggist

sábado, 29 de abril de 2017

ESTAMOS ACOMPAÑADOS

Clara Riveros Sosa

Ya hemos llegado a ser más de 7400 millones (sí, más de siete mil cuatrocientos millones), los humanos claro está, los habitantes de este planeta ¿Más de siete mil cuatrocientos millones los habitantes de este planeta? Expresado así, grave error que implica bastante soberbia, porque no estamos solos: hay aproximadamente unos dos millones de especies de seres vivos (animales, vegetales y hongos), tan terrícolas como nosotros y con quienes –de buena o mala gana-compartimos este hábitat global. Para más, hay que tener en cuenta que a cada rato se descubren nuevas especies y subrayar que cuando decimos “dos millones”, sólo es una lejana estimación y que, además, nos estamos refiriendo solamente a especies (como cuando decimos “especie humana”), mucha atención, porque es incontable el número de individuos que abarca a su vez cada una de esas especies. Y de esos dos millones de especies -en los que no figura la nuestra-, alrededor de un millón y medio de ellas corresponden a animales. Y repito: tan sólo de especies animales, no de su inconmensurable cantidad de individuos, así que ¡estamos rodeados!
Aparte del número, que hace que los animales nos superen arrasadoramente, también nos ganan, y con mucho, en antigüedad y experiencia en esto de vivir en la Tierra. Con tal idea en mente, si en estos días nos acercamos a ríos o lagunas de nuestra zona y alcanzamos a ver unos yacarés semisumergidos –astutamente asemejados a troncos- o calentándose al sol en las orillas, o si observamos alguna tortuga en trance de enterrarse para pasar el invierno, deberíamos mirarlos con absoluto respeto y preguntándonos con necesaria curiosidad cómo lo hicieron, desde que sabemos que unos y otras todavía están acá pese a que vienen existiendo desde mucho antes que los dinosaurios. Podemos pensar que si la naturaleza insiste en seguir “fabricando” estos antiguos modelos, parece probable que sea porque les resultaron sumamente exitosos y supieron sortear indemnes los tremendos avatares de toda índole que les depararon estos últimos...millones de años.
El sábado 29, Día del Animal, además de rendir tributo a nuestros antecesores y acompañantes en la Tierra, reconozcamos la indisoluble conexión que mantenemos con ellos, relaciones que, como otras tantas en este mundo, con frecuencia se vuelven invisibles pese a su importancia, fortaleza y cercanía.
Incontables equilibrios dinámicos, imprescindibles para la Vida en la Tierra, dependen de la existencia en salud de una multitud de especies animales que van desde las ballenas azules (el mayor de los animales actuales) hasta los imperceptibles microbios. Las bacterias -tan demonizadas por los fabricantes de antisépticos y desinfectantes- comprenden tanto a las que transmiten una extensa gama de enfermedades como a las que descomponen los restos biológicos contribuyendo así a sanear el ambiente, y a las que viven dentro de nuestros cuerpos y sin las cuales éstos no podrían cumplir innumerables funciones, al extremo de que si su población se ve disminuida (por ejemplo, como resultado de algún tratamiento o por consumo de antibióticos) los médicos toman medidas urgentes para reponerlas. Como en este caso, en la vida cotidiana no somos capaces de notar ni valorar los aportes de ciertos animales hasta que algunos se extinguen o su número se aminora de tal modo que terminamos sufriendo las secuelas de su desaparición, justamente la extinción de aquéllos a quienes ignorábamos o nos resultaban indiferentes, o que incluso, quizás, no nos caían nada bien. Es más, las extinciones, en muchos casos, ponen en evidencia que las especies ejercen entre sí un control mutuo y, cuando desaparece este mecanismo natural, se hace necesario recurrir a modalidades artificiales que no siempre resultan inocuas.
En el rubro de bichos que miramos con desagrado se ubican –entre muchísimos más- los murciélagos, las hormigas junto a la mayoría de los insectos, las víboras y otras especies nada encantadoras, al menos en principio. Sin embargo, cuando los biólogos nos ponen los conocimientos en su lugar, descubrimos la importancia de su conservación y cuidado. Como si fuera poco, gran cantidad de animales, incluyendo a algunos que creemos poco relevantes, o que sentimos decididamente antipáticos, resultan sujetos fundamentales de observaciones científicas abiertas a un sinnúmero de avances sustanciales y posibles en campos de lo más variados. Y recordemos la raigambre que tienen los animales en todas las culturas y cuánto juegan como fuente de inspiración en las artes y las tecnologías.
Lo lamentable es que para permanecer en este mundo la vida silvestre necesita de modo imprescindible que conservemos sus espacios vitales, esos mismos que minuto a minuto estamos reduciendo miserablemente y destruyendo al precio de perjudicarnos también como humanidad.
Mencionamos en último lugar a los animales domésticos porque son los más notorios, particularmente para los habitantes urbanos que convivimos con ellos, y por ser los que concitan más atención y cuidados, aunque sean tantos también los que concluyen maltratados o abandonados, enfrentándonos con la realidad de que, con frecuencia, los humanos no somos tan humanos como pretendemos ser, ni siquiera con los animales que nos brindan compañía, afecto incondicional, diversión, emoción, defensa y lealtad. Como para aprender siquiera un poquito de ellos.


Un país, una civilización se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales”.
Mahatma Gandhi

Monjita blanca (Xolmis irupero). Foto: Silvia Enggist


miércoles, 19 de abril de 2017

LOS DÍAS DE ABRIL

Clara Riveros Sosa

Últimamente, casi todo el país se encuentra afectado por una temporada sumamente lluviosa, plena de vaivenes meteorológicos con episodios repentinos, sobresaltos e inconvenientes varios, que en muchos lugares han desembocado en verdaderas catástrofes. Las características de estos días superan las que son propias del otoño porque se han instalado desde mucho antes. Las graves situaciones planteadas quizás se deban a que la mayoría de la gente -particularmente quienes tienen la capacidad de tomar decisiones importantes- no se ha tomado demasiado en serio la cuestión del cambio climático.
Tal es el panorama de este abril de 2017, mes abundante como pocos en jornadas conmemorativas referidas al ambiente: el 19 es el Día del Aborigen Americano, el 22 se conmemora el Día Mundial de la Tierra, el 26 se cumple otro Aniversario del Accidente Nuclear de Chernobyl (1986) y el 29 es en nuestro país el Día del Animal.
De todo lo mencionado, casi nada hay que festejar. Por eso mismo, Naciones Unidas auspicia este año la campaña denominada «Alfabetización ambiental y climática», lanzada por la ONG Earth Day Network en el entendimiento de lo muchísimo que falta hacer en este campo. Mientras tanto, la UNICEF (organización de las Naciones Unidas para la Infancia) proporciona materiales informativos y de apoyo para formar a los niños en la comprensión y en la manera de afrontar esta cuestión. La UNICEF manifiesta su convencimiento de la necesidad de una Educación sobre el Cambio Climático y el Ambiente y de que ésta se puede integrar al diseño, a la ejecución y a la práctica de las escuelas, muchas de las cuales, en varios sitios del mundo, ya están incorporándola a sus planes de estudio.
El 22 de abril, Día Mundial de la Tierra, debería ser ocasión de celebrar a este planeta hospitalario, diverso y tan a la medida de sus habitantes que fuera de él no podríamos sobrevivir sino por medio de artificios incómodos y sumamente complejos…y no por mucho tiempo. Como para manifestarle nuestro profundo respeto. Eso es justamente lo que hacían los pueblos originarios cuyo día se celebra sólo setenta y dos horas antes del Día de la Tierra. Para aprovechar los bienes de la naturaleza tomaban precauciones, pedían permiso a las divinidades protectoras y luego les demostraban su agradecimiento. Las etnias que fueran nómadas o trashumantes al retirarse de una zona permitían con ello la restauración de los ambientes que abandonaban, en tanto que los pueblos sedentarios, obtenían y conducían agua, cultivaban y criaban animales de acuerdo con su entorno y a favor del mismo, no en su contra, aplicando ingeniosas tecnologías que, cuando no fueron posteriormente destruidas o abandonadas, aun siguen en vigencia tantos siglos después. Los creadores de esas culturas, discriminados y empobrecidos, hoy van en pos de su imprescindible reivindicación.
Lo que le hacemos a nuestros semejantes es fiel reflejo del trato que le damos a la Tierra. Ahora nos cuesta retomar el pulso de este planeta/hogar e integrarnos a sus ritmos, porque, además de que la humanidad se ha vuelto mayoritariamente urbana y ajena a la naturaleza, lo que hoy entendemos por “naturaleza” ya no es lo que fue en tiempos lejanos, tan profundamente intervenida y afectada como está (en ocasiones de modos no fácilmente visibles para el observador distraído) o definitivamente arrasada por las acciones de nuestra especie, aun por aquéllas desarrolladas a muy largas distancias de esos que consideramos espacios “naturales”.
N    No alcanzan incontables páginas para anotar todos los desastres que hemos desatado. La sola mención de Chernobyl que aconteció el 26 de abril de 1986 y sumarle el accidente nuclear de Fukushima, Japón, ocurrido el 11 de marzo de 2011 (posteriormente al terremoto y al tsunami), nos da por resultado apenas dos botones de muestra. Evidentemente no estamos celebrando a la madre Tierra que nos sostiene y necesitamos con urgencia volver a escuchar su pulso -el pulso de la Vida- y a conectarnos con sus ritmos. El efecto bienhechor de restaurar esa relación, aunque sea temporalmente, lo apreciamos en las vacaciones, en un fin de semana y hasta en un instante de recreo, si no ¿por qué elegimos en esas ocasiones salir al campo, caminar por playas y bosques, bañarnos en ríos y mares, trepar a una montaña, sentir en la cara el aire fresco, deslizarnos por la nieve, admirar la majestuosidad de un glaciar o de unas cataratas o el salto increíble de una enorme ballena, y , hasta mínimamente –lejos de tanta espectacularidad paisajística- reunirnos a tomar unos mates bajo la generosa sombra de un árbol, emocionarnos ante los brotes de las semillas que sembramos en una maceta o con el repentino canto de un pájaro en la ventana?
Realizando observación de aves silvestres en el patio de las escuelas rurales, luego de las charlas dictadas por el COA Guaicurú en el 2016.